11 de octubre de 1962. El día había sido agotador para aquel hombre que, pasados los ochenta, y con una enfermedad que lo debilitaba, había visto cumplido su sueño de inaugurar el Concilio. No habían sido fáciles los trabajos preparatorios. Y el mismo día había sido pesado, presidiendo una ceremonia larga y compleja. Se había mareado con el balanceo de la silla gestatoria. Era un anciano, y estaba enfermo.
El cuerpo se sentía cansado. Pero el espíritu joven de aquel hombre lo llevaba a considerar la responsabilidad del momento. En la plaza de San Pedro del Vaticano se habían ido congregando personas que, con antorchas, querían agradecer toda aquella dedicación a la iglesia y al mundo. Él lo veía desde la ventana del despacho. Y dicen que, cuando su secretario le invitó a abrir las ventanas, no se lo pensó demasiado. Se hizo acercar un micrófono y, contemplando la luna llena de octubre que iluminaba el cielo de Roma, improvisó unas palabras que, con los años, serían conocidas como discurso de la luna.http://www.youtube.com/watch?v=PgrAOQKLecs

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
¿Qué opinas de esto? Deja tu comentario!