lunes, agosto 05, 2013

Oración y ayuno (Charles de Foucauld)


Cuando alguien me pregunta qué debe hacer para encontrarse con Dios, mi respuesta es siempre la misma: ora, ayuna; y no me limito a decírselo, sino que oro y ayuno con él, pues rara vez llegará a hacerlo si al principio no se le acompaña.
Jamás debe decirse a nadie que ore o ayune si no se está en disposición de orar y ayunar a su lado. Es más: decirlo sin hacerlo puede llegar a ser perjudicial.
Si ha orado y ayunado, no hay hombre o mujer en el mundo a quien Dios no se le revele; y reto a cualquiera que realmente lo haya hecho a que diga lo contrario. Dios no se resiste a quien se pone en esta disposición. El problema nunca es que Dios se resista, sino por qué se resiste el hombre a descubrirle o, lo que es lo mismo, por qué desdeña el ayuno y la oración.
El silencio y la sobriedad, que es tanto como decir la oración y el ayuno, es lo que más le conviene al hombre para llegar a encontrarse consigo mismo. Sin embargo, hay algo en nosotros que nos impulsa a buscar la plenitud exactamente por el camino contrario. De este modo, en lugar de fijar nuestras residencias en lugares silenciosos, por ejemplo, nos instalamos en las poblaciones más ruidosas y nos aturdimos con toda clase de sonidos. De igual manera, en vez de ser sobrios o moderados, nos arrojamos ávidamente a todo tipo de alimentos y bebidas, objetos y sustancias con que aturdir nuestros sentidos y confundir nuestro espíritu.
El hombre se realiza sólo en la simplicidad. Tantas más cosas poseamos y tantas más experiencias acumulemos, más difícil y tortuosa será nuestra realización. Por eso, tras emprender un viaje o leer un libro, pero también antes, deberíamos orar y ayunar. Tras una conversación y antes, tras la acometida de un trabajo –pero también antes–, tras una noche con el ser amado –y antes– se debería orar y ayunar. Tanto más se debería orar y ayunar cuanto más importante sea para nosotros lo que hayamos proyectado realizar a continuación.
Sin oración y ayuno, siempre hay demasiado ruido y demasiada avidez. Y el más pequeño ruido y la menor avidez son –ésa es mi experiencia– los principales obstáculos en la conquista de la felicidad.

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