Todos estamos buscando algo. Algunos lo tienen claro, o al menos tienen conciencia de que algo hace falta. Pero la mayor parte del tiempo y para la mayoría de nosotros un leve dolor permanece y una vaga ansiedad perdura a través de buenos y malos tiempos por igual. “Mi alma está inquieta, hasta que descanse en ti”, era la expresión de San Agustín para esta ansiedad de plenitud, por la resurrección que trasciende el ciclo del deseo de nacimiento y muerte. Visto así, esta ansiedad es un regalo en lugar de una aflicción porque, cuando es vista y reconocida, es el punto de quiebre espiritual. Hoy en día en una cultura condicionada por el consumismo desde la infancia, este entendimiento del deseo debería estar en el centro de toda educación religiosa.

La oración profunda nos enseña lo que el ángel de la muerte enseña. Cuando el meditador encuentra la pobreza de espíritu, es como una experiencia de muerte. Pobreza significa estar mirando fijamente un vacío cuyo significado se nos escapa al principio. Es la dolorosa toma de conciencia de que todo lo que habíamos soñado o todo lo que habíamos esperado que duraría por siempre trae consigo una fecha de expiración. Pobreza significa reconocer que no somos autosuficientes y que para existir dependemos de una realidad que no podemos nombrar.
Vivimos en un mundo que no es silencioso. Vivimos en un entorno ruidoso en el que escuchamos todo al mismo tiempo y no oímos nada. A pesar de ello, cada uno de nosotros es llamado a un estado de oración, de atención pura, de expansión del espíritu hacia el eterno silencio de Dios.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
¿Qué opinas de esto? Deja tu comentario!